miércoles, 9 de agosto de 2017

Pelegrina

Selena*, una joven latinoamericana
de apacible semblante,
rasgos estilizados y melena rubia,
está sentada  
a la entrada de su improvisado hogar
cubierto con una amplia tela gris a modo de toldo
junto a un cajero automático. 
Viste camisa blanca impoluta y todas sus prendas
cuelgan primorosamente de las cuerdas 
que marcan el perímetro de su habitáculo. 
Pide limosna para comprar algo 
que llevarse al estómago y para la lavandería,
porque no soporta que la ropa huela mal.
No es una indigente al uso,
su aspecto cuidado y maneras delicadas
se hacen patentes hasta en el modo en que permanece sentada:
la postura evoca a la del monumento a la sirenita de Andersen en Copenhague.
En medio de su situación desesperada
ella prefiere creerse -como ella misma dice- una "pelegrina"del mundo,
igual que cuando se iba de joven con su mochila de excursión a la montaña
y así, esta realidad le parece más digerible, más provisional.
A esta hora solo piensa ya en que acabe el día:
poder aplacar un poco el estómago
y "echar el toldo" hasta mañana.

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*Selena. Nombre ficticio


jueves, 13 de julio de 2017

Silencio

De entre los silencios mas comunes
que emergen
de la ausencia de bullicio,
del cese de ruido,
de la reflexión, de la meditación,
de la soledad...,
prefiero aquél otro que existe
en medio de un paraje
y que hace presa enseguida
por venir de la quietud y de la calma.
Es tan envolvente su caricia
que hasta se respira,
porque -solo una vez que inunda el ser-
lo pone a salvo.

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miércoles, 10 de mayo de 2017

Tata: la foto de principio y fin

La foto en blanco y negro
está tomada
junto a la puerta de la casa familiar de la novia,
-en cuyo dormitorio principal acaba de celebrarse la ceremonia-.
La joven esposa, -y su ya flamante marido-,
posan junto a cinco de sus seis hermanos;
El sexto, es el encargado de inmortalizar el instante
con la cámara.
Para ser un día de finales de diciembre
hacía un sol deslumbrante, tanto, como para convertir
al astro en responsable de los extraños gestos en las caras
de todos los hermanos. 
Sin embargo, la realidad es que los pequeños miran a la cámara desolados
y los mayores, muestran un semblante cabizbajo.
La foto revela, solo en apariencia, que se trata de un día festivo.
Pero en el fondo
hay poco que celebrar, el ambiente de consternación 
es más propio de un velatorio
que de una boda:
por un lado, la extrema gravedad del padrino
ha obligado a celebrar la ceremonia dentro de la casa,
y por otro, el enlace supone el momento
de la abrupta separación de su querida "Tata",
la novia, que abandonará el pueblo esa misma tarde
hacia la capital para empezar una nueva vida junto a su
marido.


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viernes, 21 de abril de 2017

El limonero

Cuando el sol se hace fuerte
en el perímetro acuartelado del patio,
el murmullo de las abejas
se vuelve incesante, siendo su frenética actividad
la que pone sonido al limonero;
Florecido y afrutado a un tiempo,
el generoso arbolito
se encuentra a pleno rendimiento en esta época del año.
Los limones grandes y maduros
de las inalcanzables ramas,
contrastan con frutos de tamaño diverso y color
repartidos por las distintas áreas 
de frondosidad.
Las llamativas flores ponen el toque
de aderezo y perfume.
Y, cuando el viento recorre con paso agitado las ramas,
siempre hay un fruto maduro que exhala un ploff
en su inesperado encuentro con la tierra firme.

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martes, 18 de abril de 2017

Pertenencias

Desde su casa de madera
ella contempla el cielo
-a esta hora de la tarde-
intentando escudriñar la noche que hará.
Su banco lo es todo: salón de estar, cocina, aseo.
En la cabecera tiene apoyado un carro de la compra con
todas sus pertenencias -protegidas por un plástico-,
y, debajo, a todo lo largo, guarda bidones de agua y un barreño. Todo estratégicamente colocado; ningún objeto sobresale del perímetro de su hogar.
En un lugar como Madrid, 
la temperatura puede bajar
drásticamente hasta 10 grados de golpe.
Pero, a pesar de que ella no tiene forma de saber con antelación el tiempo que hará,
ha logrado adaptarse -sobre la marcha- a las inclemencias que trae cada estación.
El frío es para ella combatible, el calor: soportable, la lluvia: insufrible.
Cuando alguien se acerca para donarle ropa o enseres,
ella siempre rehusa -cortésmente- el ofrecimiento:
"No, gracias, de verdad, tengo ya muchísimas cosas".

jueves, 30 de marzo de 2017

El letrero de salida

Por tanto, aquella niña nunca vio morir
a ninguna de sus mascotas;
Tan solo desaparecían así, de su vista, de un día para otro,
o se esfumaban en el aire por arte de magia.
El fallecimiento* de su abuelo paterno
-cuando contaba 11 años-
fue el adusto encargado de señalarle por vez primera el desangelado letrero
de SALIDA de los confortables dominios de la infancia.
Poco después,
cuando la fuga de su pájaro y la muerte de su querida abuela,
le "invitaron" a abandonar definitivamente aquellos confines,
la niña supo, por una extraña razón que solo conocen los desterrados,
que aquella patria chica nunca regresaría.

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 *El 21 de diciembre, el día de su fallecimiento, como sus padres estaban en el entierro, tuvo que acudir sola a la fiesta de fin de curso para recitar de memoria dos complicados poemas ante un público extraño -como si nada  pasara-. 

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viernes, 24 de marzo de 2017

Mascotas (tercera parte)

La mascota por antonomasia
que durante más tiempo
tuvo aquella niña,
fue un vivaracho verderón, llamado Currichi,
regalado por su abuela paterna cuando era casi un bebé
y que la acompañó hasta que cumplió catorce años.
La desaparición del pájaro fue inesperada.
Un repentino y accidental golpe
acaecido junto a la jaula,
espantó al pájaro de tal manera,
que, tras un fuerte aleteo, salió disparado a través de unos barrotes de la jaula
que estaban dados de sí.
La niña creyó que el pájaro regresaría
enseguida al escuchar sus llamadas,
desde los frondosos árboles que había justo enfrente de la terraza.
Silbó y lo llamó hasta quedarse sin aliento
una y otra vez, incluso durante los días siguientes.
Pero todo fue en vano: Currichi nunca volvió.
Incluso probó a dejar alpiste y agua como reclamo
en varios puntos exteriores de la terraza,
pero siempre acudían otros pájaros a darse el festín y luego se
marchaban.
La mayor inquietud que sobrecogía esta vez a la niña
era pensar que no sobreviviría allá afuera por sus propios medios
después de tantos años domesticado.
Aunque sus padres la consolaban
diciéndole que al fin

había conocido la libertad
y que, al menos, no había tenido que vivir el doloroso momento de encontrárselo muerto un buen día dentro de la jaula.


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